11,
Conducta esperantista

 
    El ciudadano Iscariote Reclús, desde que se planteó a sí mismo la cuestión hasta que se decidió a levantar bandera por el esperanto, se pasó una larga temporada titubeando y hecho un mar de confusiones. Es a todas luces evidente que la humanidad, para llegar a entenderse, debe dar el previo paso de la adopción de un lenguaje común y universal. Ahora bien, ¿cuál debe ser esta lengua única y por todos admitida, capaz de conseguir la anhelada fraternidad entre los hombres? He aquí el problema -como decía Dionisio el Antiguo, tirano de Siracusa-, he ahí el garbanzo del que brotará el frondoso árbol de la certidumbre.
    El canónigo don Abdón Cebollada, que fue quien acabó denunciándolo a las autoridades, votaba por el latín.
    -La cosa no tiene la menor duda: el latín es la noble lengua de nuestros mayores, la que dictó leyes al mundo y supo expresar tanto la armoniosa intimidad lírica y bucólica (Virgilio) como la heroica solemnidad épica y aleccionadora (Lucano) y el informe oratorio de largo período y preciosos términos (Quintiliano). ¡Mi voto es por el latín, la lengua de los Césares y los poetas!
    La propuesta del canónigo Cebollada, no obstante la sólida apoyatura científica esgrimida por su propugnador, no tuvo éxito. El latín está muy bien, nadie lo duda, pero en el fondo despide un tufillo a sacristía que hace que la afición se escame.
    El don Selesio Bayubas, Molleja Cagada, prefería el francés, la lengua de Moliére y de Racine -según solía aclarar-, buena para el amor y las sutilezas de la inteligencia. Tampoco tuvo suerte porque esto del francés está también muy bien, no se discute, pero la gente es como es y acaba acordándose del dos de mayo y de Agustina de Aragón. Si se quiere que una lengua valga para la paz, debe empezarse por procurar que su recuerdo no avive el germen de las guerras. No; el francés no sirve, le pasa lo que al latín aunque por otras razones: que el contribuyente se amosca y se echa atrás.
    El ciudadano Amiel Idolotito, celador de telégrafos que en el escalafón se llamaba Marceliano Turza Riojales, defendía el volapuk, sistema inventado por el sacerdote católico P. Schleler, o su hijo el idioma natural, que era aún más sencillo. La moción no tuvo éxito porque fue tomada por todos a cachondeo. Al volapuk, a no dudarlo, le perjudica el nombre; parece marca de linimento. ¡Deportistas! ¡Un masaje con volapuk devolverá a vuestros músculos la elasticidad perdida! ¡El volapuk no tiene rival! ¡Desechad imitaciones! ¡Volapuk, el linimento de los campeones y el campeón de los linimentos! ¡Si queréis manteneros constantemente en forma, usad siempre volapuk! ¡Vo-la-puk! ¡Un par de friegas y ya está! ¡Vo-la-puk! ¡En todo momento, vo-la-puk!
    El ciudadano Euclides de Verulam, empleado de la diputación a quien en la oficina llamaban Roque Galapero, alias Lomoliebre , hizo la apología del esperanto hablando en esperanto en vez de en español, como los demás, y en términos tan brillantes y grandilocuentes que a todos extasió con su palabra.
    -Esperanto, kreita de Doktoro Zamenhof en mil okcent okdek sep, estas idiomo por ke la homoj komuniku inter si.
    Una cerrada ovación premió las palabras iniciales de Lomoliebre, digo, del ciudadano Euclides de Verulam, quien al término de su discurso (en el que denunció las aberraciones de ido o ildo, lengua parásita del esperanto) no recibió sino plácemes y parabienes. El ciudadano Iscariote Reclús quedó tan impresionado que, sobre la marcha y sin pensarlo más, se apuntó en la sociedad La Esperantisto, que tenía su casa cuna en Valladolid; se compró la sintaxis de Inglada y el vocabulario de Villanueva, que le mandaron a reembolso desde Barcelona, y entronizó en el comedor de su casa un retrato del Doktoro Esperanto, de barba y ribeteado por la bandera española. Esto vino a acontecer durante su convivencia legalizada con Maruchi la Meona, que fue quien tuvo la idea de colocar una lamparilla de aceite ante la venerable efigie del patro de la linguo internacia, como si fuera Santa Rita, abogado de los imposibles, o las ánimas del purgatorio. El ciudadano Iscariote, que no era partidario de lamparillas ni de ánimas, se la mandó apagar.
    El ciudadano Amiel Idolotito, se conoce que al ver que el volapuk no prosperaba, se pasó al esperanto y también se apuntó en la casa matriz vallisoletana. Quienes no se dejaron convencer fueron ni el don Abdón, ni el don Selesio, que terminaron por quedarse solos, el uno con su latín y el otro con su francés. Los dos eran muy cabezotas y soberbios, cada cual a su manera, y a nadie causó extrañeza su actitud.
    Los ciudadanos Iscariote, Amiel y Euclides solían reunirse los sábados por la tarde, primero en una lechería de la calle de Tras de los Cubos, a la izquierda según se sale de la plaza de San Pedro, y después en una taberna (aunque ellos no tomaban más que gaseosa) de la calle de la Presa de los Caños, allá por el matadero. La gente, al principio, se choteaba un poco al oírles hablar pero después, cuando se fueron acostumbrando y se dieron cuenta de que eran inofensivos, ya ni les miraban. Lo que tardaron bastante en conseguir fueron adeptos, se conoce que la ciudad no tenía afición a innovaciones y modernismos; en el primer año no consiguieron más que dos altas de cierto relieve, entre otras tres o cuatro del montón: la del ciudadano Erasmo Camerario, el mancebo homeopático, y la de su señora, la ciudadana Gorgona Fenelón.
    -Nuestro fundador, el benemérito ruso que asombró al mundo con su pasmoso método genial, se firmaba Doktoro Esperanto, el doctor que espera. Nosotros debemos esperar también que el triunfo caiga como un fruto maduro, según la ley de la gravedad descubierta por Newton, en nuestras manos.
    -Muy bien hablado. ¡La constancia será la herramienta que forje un más delicioso un más dichoso y digno porvenir!
 

  

Agrandar dibujo

Anterior        Índice        Siguiente