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Conducta transmigratoria y espiritista

 
    En el envoltorio del ciudadano Iscariote Reclús se alojaba un karma de muy ilustre abolengo histórico (no se poseen datos fidedignos anteriores al nacimiento de Cristo): el que habitó, sucesivamente, a Columela (4-65); a un esclavo llamado Bebio (65-117) que perteneció a Plinio el joven; a un vacceo tallador de verracos cuyo nombre y cronología se perdió en la noche de los tiempos; a Minuro V (203?-265?), descendiente del traidor Minuro que asesinó a Viriato, pastor lusitano; al gato montés llamado Ricimer el Goloso (265?-396?), que fue un prodigio de longevidad y que murió excomulgado por priscilianista; a un vándalo del que no se guarda memoria; a Requiescatinpace (426-456), mílite suevo que sirvió a las órdenes de los reyes Requila y Requiario y que murió en la rota del Órbigo; a Mugith al-Rumí (681?-711?), liberto del moro Tariq ben Ziyad (obsérvese la laguna de dos siglos largos); a Nomerroque (711?-778?), espatario del duque Fáfila, padre de Pelayo; al monje Pierrot le Vitelotte (778-878), que nació en la batalla de Roncesvalles, del susto que se pegó su madre al ver que apiolaban a Roldán, y que murió en la de la Polvorosa, ya centenario, peleando al lado de los gallegos; a Hugo de Ampurias (siglo XIII, sin mayor señalamiento; nótese que vuelve a saltarse otro considerable lapso de tiempo, ahora de tres siglos y pico), compañero del rey don Jaime en la conquista de Mallorca; a Per Abbat, que a principios de siglo XIV copió el Cantar de Mío Cid; a Sultán, perro alano del Papa Luna que nació y murió con el cisma de occidente (1378-1417), que antes los perros duraban más que ahora; a Juan de Cañamás (?-1492), que atentó en Barcelona contra Fernando el Católico; a Bermejillo, loro de Guanahaní que se trajo a Europa, como recuerdo, un marinero de Cristóbal Colón y que, tras haber vivido más de trescientos años, fue a morir en el patíbulo con Luis XVI, etc.
    La detallada fijación de esta prosapia fue posible establecerla, con mucha paciencia, eso sí, merced a los servicios de la ciudadana Eva Travenol, en el mundo Tiburcia Merino Genestacio, medium típtica o golpeadora de muy serio fundamento. El ciudadano Iscariote Reclús se inició en las evidentes disciplinas del ocultismo (así llamado porque su verdad debe permanecer oculta a los ojos de los déspotas y sus esbirros) de la mano de su buen amigo el ciudadano Juvenal Diderot, antes Sisinio Alberite, que también era cobrador de recibos de la luz. El ciudadano Diderot seguía la doctrina ortodoxa de Papús (quiere decirse que era partidario del cuerpo astral) aunque admitía la existencia del od, o fluido vital del barón de Reichenbach, y practicaba el hipnotismo como valioso auxiliar de sus experiencias.
    A la ciudadana Eva Travenol, una noche que estaba en trance, le tocó las tetas el espíritu de Napoleón Bonaparte que, por lo visto, era de natural rijoso y decidido como buen corso; los circunstantes se quedaron estupefactos ya que, por lo común, los espíritus no suelen ser sobones sino respetuosos y muy mirados, y las reverberaciones del más allá tampoco acostumbran a pronunciarse carnalmente. Sin embargo, ante la evidencia del magreo, el ciudadano Diderot convocó al espíritu de Salomón para que dijese la última palabra sobre el extraño y desorientador suceso. Para ello requirió los servicios mediánicos de la Sra. Tyndall, a la que hubo que pagarle -por suscripción- el viaje de ida y vuelta Londres-León-Londres y gastos de alojamiento y dietas. Rodeada de gran curiosidad científica, la Sra. Tyndall, que era medium parlante, se presentó vestida con un traje de seda muy escotado y de color rosa, como si fuera a tocar el arpa, se sentó, se dejó vendar los ojos y, sin necesidad de apagar la luz, se dispuso a que Salomón hablara por su boca. Al principio, Salomón no decía nada sino que estaba callado como un muerto. Después empezó a pronunciar sílabas sueltas y sin sentido (por ejemplo: cuquí, purrí, gua, te, fo, sa, gu, etc.), y la gente se creía que hablaba en inglés. (¡Que hable en español! -gritó un espiritista. -¡Cállese y no sea usted inculto! -le atajó el ciudadano Juvenal.- ¡Que hable en lo que quiera!) Por último -y tras un largo silencio que a todos llegó a tener sobrecogidos- Salomón se decidió a hablar. He aquí las trágicas palabras que dijo, con voz profunda y en un castellano (lengua que no conocía la Sra. Tyndall) la mar de bien pronunciado:
    -Un escéptico llamado Pío Zurraquín fue quien se propasó con la Srta. Eva. Si está entre nosotros, que se levante y se declare culpable. Yo, Salomón, rey de Israel, hijo de David, así se lo ordeno y le emplazo a que cumpla mi mandato.
    Ante la expectación y el pasmo de todos los presentes, el Pío Zurraquín se levantó. Estaba pálido y demudado pero pudo hablar con voz inteligible.
    -Me declaro culpable señoras y señores, y pido perdón a todos por mi desliz... Fue un mal momento... ¡Tened piedad de un hombre arrepentido y avergonzado! Ofrezco a la Srta. Eva la reparación de las nupcias... Y a todos ustedes, señoras y señores, brindo mis energías, tanto anímicas como corpóreas, para ponerlas al servicio de la noble causa espiritista..
    Una gran ovación -indicadora de la indulgencia del senado- acogió las palabras del Pío Zurraquín, mientras la Srta. Eva, deshecha en llanto, caía en sus brazos amantes.
    El ciudadano Iscariote Reclús fue el comisionado por todos para iniciarle en su nueva vida de perfeccionamiento. Lo primero que hizo, según cabe suponer con arreglo a la lógica, fue cambiarle el nombre.
    -Su antropónimo hay que cambiarlo, amigo mío. Ese nombre que usted tiene está bien para Papa o para jefe de obras públicas, pero no para quien busca la salud del cuerpo en la naturaleza y la salud del alma en la metempsícosis y en el lazo o periespíritu que nos une al pasado. ¿Cómo quiere usted llamarse?
    El Pío Zurraquín estaba más bien indeciso
    -¡Hombre, vaya usted a saber! ¿Le parece Víctor Hugo Gutiérrez?
    -¿Y Gutiérrez, por qué?
    -Hombre..., es que Gutiérrez era el apellido de mi madre, que en paz descanse.
    El ciudadano Iscariote Reclús se mostró inflexible.
    -No, no; eso de Gutiérrez no queda bien. ¿Víctor Hugo Gutiérrez hace muy ridículo. Le sugiero ponerse Víctor Hugo Agenor de Gasparín, en honor del conde así llamado, autor del famoso libro Des tables tournantes.
    El Pío Zurraquín bajó la vista.
    -Como guste.
 

  

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